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‘Santo de la inquietud’, por Roberto Fratini

‘Santo de la inquietud’, por Roberto Fratini

“Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos de ocaso y de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos”

Paul Celan

En 2016, Daniel Fernández se diplomó del Conservatori Superior de Dansa con una pieza de larga duración que, parafraseando la maravillosa autobiografía de la australiana Janet Frame (y la versión cinematográfica de la misma, hecha por Jane Campion en 1990), se titulaba An Angel at My Table. Puede que algunos recuerden esa coreografía. Deberían porque era memorable: un alegato suntuoso sobre la cordura de los locos, o sobre la locura de la psiquiatría que pretende tratarlos. Fue también el inicio de la obsesión de Fernández por el blanco y su semántica circular: el color de la razón clínica y de la sinrazón terminal. La síntesis cromática del silencio. Conociendo a Dani desde que fue mi alumno —por eso me tomo la libertad de llamarle así— y acostumbrado a que sus intuiciones desafiaran cualquier argumentación, debería darme reparo elucubrar sobre un artista tan callado, tan reticente a promocionarse, tan torpe en el manejo de la apología, tan suyo y tan recalcitrante, tan pequeño y tan matón. Un artista que a muchos costó reconocer, simplemente porque no se parecía a nadie y no recordaba a nada, porque él mismo ni pretendía conocerse ni sabía darse a conocer.

Pero no hay delito más perfecto ni perfección más franciscana que piratearse a uno mismo. Daniel Fernández es, a su manera, un ermitaño de la coreografía. Haciendo voto de obediencia a sí mismo, humilde hasta la blasfemia, enclaustrado en una inquietud sin paliativos, decidió meditarse en una cartuja poética como Ramdam donde, bajo el patrocinio espiritual de Maguy Marin, la coreografía se considera todavía una forma de locura sagrada, de altísima pobreza: contra el racionalismo catastrófico del nuevo orden, contra las muecas jesuíticas de una danza cada vez más secuestrada por la casuística del bien, y contra el maximalismo de un gusto creciente, en públicos y artistas, por los grandes formatos, por las tragedias de máxima audiencia y las apocalipsis rentables. Herencia, si se quiere, de Maguy Marin y de su epocal May B (1983), de considerar que el punto Omega, la entropía terminal de la danza, sea en el fondo saturarse hasta la indeterminación; que desaparecer en sí misma sea su astucia más perversa, quizá su inocencia residual. Que los signos puedan cancelarse, desandar la grafía de su rostro secular, porque esconder la cara, ser discreto hasta la invisibilidad, es la mejor manera de descararse, la última desfachatez: formas de santidad, todas ellas, que se juntan en la etimología del verbo s’effacer, el francés por “cancelarse”. En esto, Samuel Beckett el asceta es primo hermano de Stéphane Mallarmé el bizantino. Comparten el linaje vertiginoso de quienes intuyeron que la historia del arte va hacia la muerte térmica de los signos y que el color, eso que muchos han descrito como la “carne” de la pintura, comparte con toda carne el poder de hundir el significado, socavar las arrogancias del lenguaje, enterrar el significado; que en el color reside el absolutismo de la subjetividad y que un color único es a la figuración lo que la psicosis al sentido común: un océano trágico y risueño de indeterminación, sobre el que flota la balsa de la cosa llamada realidad. El proyecto de Daniel Fernández sobre monocromía navega estas mares de fondo: desanda la epopeya semántica de los colores para reconstituir el delito perfecto de su irrelevancia, como desanda la epopeya estilística de la danza para reconstituir el perfecto candor de su abstracción. Y lo hace valiéndose como de un fetiche de las teorías cromáticas de Goethe, de las genealogías cromáticas de Michel Pastoureau y de la santa alevosía de la pintura monocroma, esa ironía de la modernidad que empezó muy temprano, cuando en la primera Exposition des arts incohérents (1882), Paul Bilhaud, que era poeta, ni siquiera pintor, presentó en un marco de oro, como Combat de nègres dans une cave pensant la nuit (combate nocturno de negros en una cueva), un lienzo color del carbón. El año siguiente, el pintor Alphonse Allais respondió al desafío con una cartulina inmaculada, titulada Première communion de jeunes filles chlorotiques par un temps de neige (primera comunión de jóvenes cloróticas bajo la nieve). El tercer espécimen de esta serie desternillante de figuraciones paradójicas sería Récolte de tomates sur les bords de la Mer Rouge par des cardinaux apoplectiques (cosecha de tomates a orillas del Mar Rojo hecha por cardenales apopléjicos). Allais inventaba la peinture monochroïdale, un neologismo que fusiona la noción de monocromía con la de eidos (idea o imagen) y que, presentando al mercado del arte la idea de la monocromía, pareció insinuar un irresistible diagnóstico sobre la monocromía de las ideas en sí, la eclipse como tentación intrínseca de toda representación. Desde entonces (y quizás desde antes, en los chamuscados aquelarres de la Quinta del Sordo de Goya) empezó una historia de licuaciones y naufragios de la razón pictórica, que llegaría lejos, a los azules compactos de Yves Klein, a los rodillos de David Hockney, a los cuadrados negros de Kazimir Malevič y a las pinturas del mismo color de Ad Reinhardt. Y ahora a esta verborrea silenciosa de Dani y de su mundo suspendido donde el lenguaje se agarra en todo momento a los gestos que lo hunden, como un náufrago ceremonioso a una astilla flotando. Donde el catecismo de la danza —eso que debería prepararla para comulgar consigo misma y “comunicarse”— se despliega litúrgicamente como el catecismo católico o como las primeras lecciones de un idioma extranjero: repitiendo simplezas y sampleando absurdeces, más por el capricho diabólico de hablar que por la necesidad pastoral de decir.

Roberto Fratini

COMPAGNIE DANIEL FERNÄNDEZ presenta ‘Première communion de jeunes filles chlorotiques par un temps de neige’ al Mercat de les Flors del 8 al 10 d’abril de 2022

Links vídeo

– Teaser Daniel Fernández, An Angel at My Table, 2016

– Integral Maguy Marin, May B, 1983

– Extracto Maguy Marin, Description d’un combat, 2009

Bibliografía

Alphonse ALLAIS, Album primo-avrilesque. Un livre pour rire…, Createspace Independent Pub (Amazon), 2014.

Gilles DELEUZE, Félix GUATTARI, El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia, Barcelona: Planeta, 1985.

Janet FRAME, Un ángel en mi mesa, Barcelona: Seix Barral, 2006.

Michel PASTOUREAU, Dominique SIMONNET, Breve historia de los colores, Barcelona: Planeta, 2006.

Denys RIOUT, La peinture monochrome: histoire et archéologie d’un genre universel, Paris: Galimard, 2006.