‘De palos y astillas’, por Roberto Fratini

El fondo de pantalla del teléfono móvil de mi hijo
es un unicornio rosa. En mi época,
siendo yo adolescente, el rosa lo mantenía lejos,
de los unicornios no había oído hablar
y los teléfonos móviles no existían.
Maca

Una peña hambrienta de nuevos dogmas lleva tiempo poniéndonos al día de los estragos del Patriarcado, y entregándose al caudaloso blablá de las censuras retroactivas. En su fidelidad a un conjunto de simplificaciones – la idea de Patriarcado – del que deducen todos los males del mundo y de su historia, los puritanos de última generación no han dicho ni aportado sustancialmente nada sobre el problema atávico de la Paternidad, que era y sigue siendo un entorno de incertezas, un manantial de precariedades dialécticas y non sequitur afectivos. Mientras definían la maternidad como axioma visceral, trasfondo carnal de una inacción previa o anterior a cualquier articulación de una historia, de un lenguaje, de una identidad, los antiguos romanos tuvieron al menos la prudencia cínica de caracterizar la paternidad como un teorema aún por demostrar, una partida aún por jugar, una apuesta biológica perdida a priori: “pater semper ignotus”, decían. El patriarcado se afirmó, si acaso, para apuntalar el castillo de naipes de una paternidad siempre dudosa con un manojo de leyes, fantasías de descendencia y procedencia, delirios patrimoniales: sujetar el deporte de riesgo, el juego vertiginoso de la paternidad a un anclaje masivo de seriedad y normatividad. Verticalizar el eje padre-hijo. Con resultados inesperados y a veces paradójicos. Lo que los actuales revisores de la dominación masculina no saben ver es que es el Patriarcado no hizo sino complicar existencialmente y debilitar ulteriormente – los estatutos paternos; que dejamos ya hace XXI siglos de ser una civilización de padres, para convertirnos en una civilización de Hijos: a veces crucificados, ocasionalmente resucitados, casi invariablemente terribles: invariable y necesariamente usurpadores. Future Lovers, diría el amigo Celso xxx de la Tristura: amantes futuros. O amantes adulterinos de un futuro infaliblemente adulterado.

Así pues, que la paternidad sea a día de hoy una cancha de juego más resbaladiza que nunca; que el pater semper ignotus – “siempre ignoto” – sea también cada vez más ignorante, se debe una hipóstasis de la “filialidad”, y a un endiosamiento del Hijo y de la infancia, cuyo momento álgido fue la conspiración protocristiana: la secularización acelerada y confiada de las décadas recientes no ha hecho más que consolidar, desinhibir y universalizar esta idea antigua de la filialidad como derecho histórico y natural a la malversación, y de la paternidad como epítome del retraso existencial. La novedad histórica no es que unos hijos sin precedentes jueguen en igualdad de condiciones con unos padres sin precedencia. Novedad histórica es que en este desafío los hijos decidan, por “generosidad generacional”, cuándo dejar ganar a sus voluntariosos, proactivos, desorientadísimos papás.

Ser padre no es casi nada. Volverse padre es un ejercicio arriesgado, hecho de emociones variables, mociones eclécticas e improvisaciones exacerbadas: si fuera una danza, sería a la vez contact, release, fighting monkeys y todo cuanto se nos pueda ocurrir en concepto de tácticas háptico-relacionales y partnering. Era casi destino que Alexis Fernández “Maca”,  el mover más polifacético – o simplemente el mejor bailarín – de su generación, terminara haciéndose un intérprete genuino y jocoso, con su hijo teenager Paulo, de esta perplejidad de los padres que, mientras creen educar a sus hijos, se dejan educar por ellos en un patio de escuela; y que de este juego infinito emergieran como una danza las contradicciones, distensiones y contracciones de un amor que no atina a ser contrato en ningún momento. Maca y Caterina Varela -La Macana– llevan años siendo los mejores representantes de una hermosa herejía gallega en materia de danza contemporánea. Muchos recordarán la policromía plástica y estilística, la variabilidad humoral de propuestas como No Title Yet (2012) y Cola de Gallo (2008). Si la palabra diseminación se amolda como ninguna al proyecto poético y pedagógico de esta compañía-familia, es también la que mejor describe el gesto biológico y biográfico de dispersión y apertura, la inversión riesgosa de la vivencia – o de la incidencia – llamada paternidad.  Así, era casi inevitable que las inquietudes poéticas de La Macana terminaran cristalizándose en este gran cuarto de juegos donde Maca y su hijo Paulo desmantelan enérgicamente un amplio listado de viejas normas didácticas y de nuevos mitos pedagógicos.

Pink Unicorns confluye así en la familia reciente y endógena de las piezas que han osado traducir la vivencia directa de la parentalidad en un dispositivo de invención dinámica (otro será Des gestes blancs de Naïf Production): casi una respuesta los alegatos de una pedagogía insomne, que cuanto más se obstina en prescribir recetas infalibles a familias inexistentes, más obliga las familias empíricas a improvisar el graffiti de su historia afectiva sobre los muros inamovibles de la tradicióna; a revocar, como hacen los pintores callejeros, la norma de permanencia estructural inscrita en el gran edificio de la patrimonialidad.  O a recuperar, en el tiempo libre de la educación, la lucidez de quienes, en la antigüedad, ascribían al otium (el ocio, el tiempo libre, la diversión) antes que al negotium (trabajo), cualquier idea de escuela o educación.

Maca y Paulo hacen moviéndose todo el tiempo en la extraña polaridad de un espacio hecho literalmente de inocencia y experiencia. Del lado de la inocencia: los inflables de Tilo Schreieck, sobredimensionados y variopintos, como un resumen plástico de la turgente inconsistencia de la adolescencia, de su ligereza; resumen plástico, también, de la capacidad de flotación de una generación precarizada como nunca por las dinámicas inflacionarias de la nueva economía del deseo, o del nuevo deseo de economía. Desde luego que los unicornios inflables que han empezado a afear nuestras playas en los últimos años son el reflejo de una lejana fantasía económica: el unicornio, metáfora del billón con el que sueñan los tiburones, sin padres ni hijos, del Neoliberalismo bursátil; la contrapartida infantil de la Unicorn Economy – así la llaman – que se articula alrededor de las start-ups juveniles y exitosas. Del lado de la experiencia: la geometría de una pared acolchonada y grisácea de fieltro, que recuerda Joseph Beuys, Agostina Zwilling, Jannis Kounellis, y que dice la densidad, la opacidad, las presiones, compresiones y acumulaciones – de bienes y memoria – de la vida adulta. En este espacio polar y asimétrico, entre Inflatable Art y Arte Povera, se desenvuelve la ceremonia del parental discontrol, la economía fluctuante de una parentalidad hecha de equilibrios y acrobacias, de gestos de confianza y desafío. No ya el espacio de poder, actos y “actas” plasmado por los moldes del patriarcado, sino un sistema de potencias, gestos acciones. Menos palos y más astillas. Menos referencias y más intercambios. Menos fetiches y más tótems: un partnering irregular y brillante, que recordará a ratos el memorable debut coreográfico de Alexis y Caterina (Ven, 2008) donde se gasta sin miramientos el capital de memoria gestual que Maca ha venido recogiendo mientras cruzaba como un corsario por las escuelas de partnering de La Intrusa, de Wang y Ramírez, y de otras de las incontables compañías en las que se auto-educó a su vez a jugar cualquier aprendizaje dinámico, y a jugarse en el intento. Y como en los 80 los signos empezaron a ser más fuertes, más influyentes y omnipresentes que cualquier instrucción, es natural que Pink Unicorns flirtee todo el rato con las músicas de esa década. Después de todo, en los 80 los hijos que éramos se (im)prepararon, construyendo lo impermanente, inflándolo a entusiasmo, a ser los padres caóticos y bienintencionados que somos ahora mismo.

Roberto Fratini

LA MACANA presenta ‘Pink Unicorns’ los días 22 y 23 de octubre

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