‘Acantilados’, por Roberto Fratini

“Con veinte años me sentía subida a un caballo salvaje,
y esperando que no corriera hacia un acantilado”
Chaka Khan

Por el lugar que ocupan en el tiempo, y porque todas ellas acaban de una manera o de otra, las historias de amor son como islas: terminan o se interrumpen. Las islas habitables y cordiales del primer tipo, tras extenuarse en siglos y eras de paciencia geológica, bajan al mar suavemente, con playas familiares y tierras de cultivo, desmigajándose, insistiéndose, extenuándose en una centuria de islotes aledaños y accesorios: posdatas de tierra, residuos de continente que delimitan como bastidores el escenario de las bahías de la isla,  con la misma calma con la que los discursos y los recuerdos se destilan en el epílogo de los amores muertos de muerte natural. Las islas del segundo tipo, que una catástrofe, un seísmo precipitaron al mar sin remedio y que, a miles de años, guardan silencio del estruendo que las recortó, muestran como heridas abiertas sus interrupciones majestuosas e incidencias geográficas, sus acantilados, sus penya-segats: islas atónitas y sin redundancia, como los versos de un poema desesperado. Se dejan atrás con más dolor, porque la pena de las historias que terminaron “antes de tiempo” – y de los amores que no consiguieron ser historias – es peculiar y lancinante. Resulta que las islas de paisaje más convulso son las más contemplativas: parecido al deseo, desde sus acantilados el mar se antoja como la mayor – y la única – de las complicaciones; los paisajes abruptos dan lecciones de cómo el espacio pueda verse superado por la fuerza incalculable del instante, y esta rocosa instantaneidad parece ser la mejor plasmación posible, en el espacio, de nuestros prejuicios sobre la eternidad en el tiempo. Lo ininterrumpido es materia de precipicios. Perdón por la digresión: es el año de Giacomo Leopardi, dócil alumno del tiempo, maestro de infinitos – y hombre desgraciadísimo -. No hay cosa más dócil que la impaciencia de una tierra derrumbándose, ni mayor prepotencia que la absoluta pasividad de un paisaje colapsando. La “caída en el tiempo”, como la describió Émile Cioran, es todo cuanto hacemos – y todo cuanto alcanzamos a sentir – cuando no hacemos nada. Subliminal en todo concepto de lo sublime es en el fondo la oscura intuición de que ciertos espacios se convierten en tiempo sólo acelerándose o agotándose; que ciertos espacios se apuran para ser tiempo. Y que el tiempo acontece en la inmovilidad.

Raquel Klein nació en una isla mixta: playas y cenagales en las partes bajas y más pobladas; peñones, precipicios y farallones del lado de tramontana. Mallorca ayuda a entender la norma taoísta del Wu-wei, que sintetiza la capacidad de hacer sin forzar ni esforzarse, asumiendo plácidamente el talento espontáneo de las cosas por adquirir su forma. Por eso, también, una traducción posible de la expresión Wu-wei es “crecimiento”. Porque las plantas crecen por Wu-wei, es decir sin premeditación, sin guiones, y su forma, nunca definitiva, es siempre el resultado accidentalmente impecable de una adaptación. Sólo hace paisaje la paciencia infinita que alisa la tierra de forma no evidente (cuando tenemos la sensación de que nada ocurra), o que la desgarra de forma abrupta y espectacular (cuando tenemos la sensación de que ocurre demasiado). Llanuras y acantilados. Oswald Spengler inscribía esta diferencia entre el afán de aquello que “se mueve” y la paciencia de aquello que “se deja” en una dicotomía más general entre el macrocosmo y el microcosmo, entre lo animado y lo vegetal, entre la figura y el paisaje. Quizá también por eso sea parte del Wu-wei una noción “homotética” de acción humana, que supone que una acción armoniosa, no artificial en el microcosmo, será reflejo y garantía de la armonía del macrocosmo que se propone reproducir. Cuidar del jardín del emperador contribuirá al buen gobierno de todas las provincias. La tranquilidad olímpica de los pequeños gestos coreográfico de Raquel Klein no debe engañar: como muchas de las creadoras de su generación y formación (Eulàlia Bergadà, Paloma Muñoz, Ana Barroso, Šivgin Dalkilic, Irene García) Raquel es una extremista sosegada. Se ha educado en el paisaje de “dos velocidades” de Mallorca, y en una filosofía de creación que concibe la coreografía como el esfuerzo mental y el ejercicio existencial e inevitablemente irónico de condensar en el microcosmo de la forma instancias tan macrocósmicas como el tiempo y el espacio. Fabricando jardines a orillas del mar, convertir los “modos del hacer”·en modos de “dejarse”. Y así como el paisaje de Mallorca habla de ambas cosas, de un tiempo-escultor y de un tiempo-destructor, la coreografía de Raquel Klein, que también fluye por tiempos contemplativos y tiempos “atacados”, produce curiosas inversiones: en ningún momento tendremos una sensación de mayor docilidad, de mayor “fatalidad” que en sus caídas, sus abruptos, sus detonaciones, sus instantes de borrachera dinámica, fermentados en tramos extensos de pequeñas modulaciones. Se suele olvidar que, en el mejor de los casos, el primer trabajo de un artista es literalmente su “obra de madurez”; y que el mayor síntoma de madurez es la paradoja. Wu-wei, en el que Klein se estrena como coreógrafa, es precisamente una paradoja de este tipo:  resume un aprendizaje basado por un lado en el magisterio paisajístico de la acumulación metódica, de la estratificación – un universo de algoritmos cinéticos, retroalimentaciones y crecimientos imperceptibles; por otro, en el arte tectónico de la aceleración dionisíaca – un universo de excesos, de exabruptos, de desafíos y desequilibrios extáticos. Por un lado, un mundo casi numérico de “datos”, por otro el mundo casi plástico de Data, el método de “autosugestión” de la forma que Raquel Klein ha absorbido trabajando con Lipi Hernández, cuando aprendió que ninguna escucha atenta de sí, ningún viaje metódico de retorno al cuerpo tiene valor mientras no sirva para conducir a una musicalización de la sensación y a una salida de sí: los paisajes más tranquilos ansían la catástrofe como un salto cuántico de su tranquilidad. La acción decreciente, la voluntad menguante son, para el Tao, la forma más exquisita de sabiduría. Estaban también detrás del proverbial “Be water my friend” de Bruce Lee. No hay, de nuevo, tranquilidad más profunda que la que se desprende del diálogo entre el mar que, moviéndose todo el tiempo, es invariablemente sí mismo, y la roca, que pareciendo no deber moverse nunca un día se dejó colapsar en las olas del tiempo. Duele como el amor – y consuela como el tiempo- esta cicatriz de espuma. Lo dijo Georg Simmel: no hay nada más horrible que la borrachera de los sobrios. Pero nada es más sublime que la sobriedad de los borrachos.

Roberto Fratini

RAQUEL KLEIN presenta Wu Wei en el Mercat de les Flors los días 25 y 26 de enero de 2020

 

Bibliografía:

Émile CIORAN, La caída en el tiempo, Barcelona: Tusquets, 2003.

Dwight GODDARD; Henri BOREL, Lao-Tzu’s Tao and Wu-wei, New York: Cosimo, 2007.

Georg SIMMEL, Intuición de la vida. Cuatro capítulos de metafísica, Buenos Aires: Altamira, 2000.

Oswald SPENGLER, La decadencia de occidente, Barcelona: Austral, 2014.

Marguerite YOURCENAR, El tiempo, gran escultor, Madrid: Alfaguara, 1990.

Links Vídeo:

https://vimeo.com/175356510 (Teaser: Eulàlia Bergadà Serra, Gold Dust Rush, 2016)

https://vimeo.com/305469233 (Paloma Muñoz/Siberia, La piel vacía, 2018)

https://www.youtube.com/watch?v=mf77zU5K9s0 (Making of: Lipi Hernández/Malqueridas, Cordón de plata 111, 2008)

https://www.youtube.com/watch?v=UWfE-P42Cis&t=63s (Teaser: Tao Ye/ Tao Dance Theater, 8, 2015)

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