‘La danza del desencuentro. Comunión y discordia en “Rítmia” de Emma Villavecchia’, por Mikel Fernandino

Puede que la frase que asegura que el arte es, sobre todo, imitación de la naturaleza haya perdido el fuelle que tuvo en otras épocas. Demasiadas corrientes, vanguardias, incluso modas pasajeras nos demuestran que no siempre es así. Que, por suerte, no siempre es así. Aún convertida en un lugar común, resulta demasiado tentador retomarla para aplicarla de vez en cuando, como en un ejercicio de esos que Levi-Strauss consideraba buenos para pensar, y ver si dichos viejos preceptos aún nos resuenan a algo.

El trabajo de Emma Villavecchia, Rítmia, hace un cierto guiño a la máxima anterior, solo que debidamente matizada. Su trabajo nos recuerda quizás a la menos natural de las naturalezas: el ecosistema urbano. Haciendo caso omiso a las voces aguafiestas y casi monacales que afirman que la polis es un lugar de ritmos desenfrenados -que también- propongo comprenderla como un lugar de contrastes rítmicos, tanto lentos como efusivos, un lugar de ritmos solapados, entrecruzados, híbridos; algunos que se van apaciguando mientras otros les van ganando el terreno. En suma, un lugar de arritmias y ritmos -valga la sinestesia- discordantes.

Y aunque la discordia tiene mala reputación -fruta germinada de guerras, periplos y epopeyas- también tiene algún que otro defensor. Como en aquel escrito sagrado (irónico hasta lo peligroso), llamado Principia discordia, que nos colocaba ante la paradójica disyuntiva de creer en un dios basado en el caos. El caos. Que no el desorden en sí mismo, sino una constante e impredecible consecución de orden y desorden según el cual, dice la doctrina, se rige el universo. Una filosofía que no nos invita ni mucho menos a no creer en nada, sino a creer fehacientemente en la inexactitud de los dioses: axiomas volubles e inasibles; sólidos únicamente en el preciso instante en el que están teniendo lugar y evaporados de nuevo en el momento exacto en que ya se han materializado. Si hay algún tipo de deidad urbana, confío en que tome esta forma informe.

En esas calles colapsadas, los ojos, deseosos de encontrar una lógica a la que aferrarse, apenas logran descifrar el incesante fluir de cuerpos anclados a un rumbo, cada cual el suyo, cuya razón, procedencia o último destino nos es vetado (nosotros, al igual que Silvio Rodríguez en su canción, nos preguntamos “adónde irán ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar”). Nos vemos por tanto invitados, casi obligados, a la necesidad de observar la suma de las partes como un todo, en el proyecto inacabado de encontrar, en lo descomunal, una improbable comunión. En el desorden, un atisbo de equilibrio. Y, contra todo pronóstico, resulta que a veces lo logramos.

Rítmia no solo alude a la ciudad en esta naturaleza conflictiva y conflictuada en la que se descubre un cierto equilibrio. También lo hace en lo anónimo de las tres figuras: Emma Villavecchia, Maria Soberón y Ursa Sekirnik apenas se dirigen la mirada, temerosas de la incomodidad que ello podría provocar. Ya saben, como un viaje en metro, como una extraña espera en un andén que evita cualquier contacto visual directo, cualquier acercamiento inapropiado al espacio ajeno. Actúan como desconocidas que, por arte de algún maquiavélico plan, han sido lanzadas a su suerte y vagan por un espacio que irremediablemente deben compartir: la experiencia de lo urbano. No en vano, la danza comienza con el caminar repetitivo en círculos de una de las bailarinas, como recelosa de encontrar su camino, y a este patrón acaban sumándose pasos, cada cual con su ritmo y gesto particular.

Así en la ciudad como en la danza, el orden y el desorden enfrentados pugnan por ganar la batalla a pesar de que ninguno de los dos puede preponderar: ya que, como diría Umberto Eco, lo que buscamos en el arte no es tanto “la adecuación a un canon del gusto sino a una norma que es interna” que no tiene por qué funcionar fuera de sí, sino únicamente en su mismo planteamiento artístico. Tras dos años y medio de ensayos, marcados por una pandemia que -según dice Villavecchia- supuso un parón para el proyecto, la obra parece tener una estructura pareja: una obra llena de momentos, aunque bien ensamblados, ligeramente contrapuestos. Ciertos momentos están marcados por esa ilusión de orden. Ritmos descifrables para el oído humano que nos evocan calma, puramente percutivos (algo que ya utilizó esta artista en trabajos anteriores como en Vicariusly vital). En contraposición a otros momentos que suponen un acercamiento al desorden. Para ello, tanto la música como la danza se sustentan en los polirritmos: un procedimiento similar al que inauguró Anne Teresa de Keersmaeker en su trabajo Fase. Es decir, ritmos aparentemente desfasados que, cada tantos compases, se reencuentran y se acoplan, en un abrigo efímero, para separarse instantes después. Como habitantes de una ciudad, los cuerpos, los sonidos, los gestos, se encuentran, reencuentran, desencuentran… azotados por la extraña magia matemática que provoca cruces de caminos inesperados, encuentros fortuitos y furtivos en igual medida.

Será (o no) que el arte rebusca entre las formas eternas de la naturaleza, pero no lo hace en busca de la proporción y el orden de lo inamovible; sino en busca de la norma velada y voluble, de esa extraña fuerza que hace que todo parezca sólidamente cimentado, en un equilibrio estructural, aun a sabiendas de que reposa sobre una balsa flotante en medio del océano. Será que el arte busca -a pesar del estado licuado, conflictuado y desordenado, de cuerpos que se retuercen, se expanden y se repliegan como animales atrapados- esa especie de solidez ilusoria que solo vive fugazmente.

Mikel Fernandino

Jordi Ribot i Thunnissen

EMMA VILLAVECCHIA presenta ‘Rítmia’ al Mercat de les Flors el 29 i 30 de gener de gener de 2022

Links de interés:

– Fase de Anne Teresa de Keersmaeker

– Vicariusly Vital de Emma Villavecchia

– Koyaanisqatsi de Godfrey Reggio

– Por alusiones, ¿Adónde van? de Silvio Rodríguez:

– Para el último párrafo, La balsa de la medusa de Théodore Géricault

La balsa de la medusa de Théodore Géricault

Bibliografía:

DELGADO, MANUEL (2007) Sociedades movedizas, Barcelona, Anagrama

ECO, UMBERTO (2018) A hombros de gigantes Madrid, Penguin Random House

MALACLYPSE THE YOUNGER, (1965) Principia Discordia. Online:

http://www.principiadiscordia.com/downloads/Principia%20Discordia.pdf

SIGNORELLI, AMALIA (1999) Antropología urbana, Madrid, Anthropos.

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