‘Iglesias de lo peor’, por Roberto Fratini

LA VERONAL - Vorònia (del 3 al 6 de març al Mercat de les Flors)

And travellers, now, within that valley, / Through the red-litten windows see / Vast forms that move fantastically / To a discordant melody; /While, like a ghastly rapid river, / Through the pale door / A hideous throng rush out forever, /And laugh—but smile no more.
Edgar Allan Poe

“Quizás no existe más que un solo pecado capital: la impaciencia. Por causa de la impaciencia lo expulsaron del Paraíso. Por causa de la impaciencia no vuelve.”
Franz Kafka

Durante años en el trabajo de La Veronal se ha devanado sinuosamente, por exploraciones progresivas y casi fortuitas, algo así como una geografía dinámica y poética: el arte azaroso de recorrer espacios desconocidos y peligrosos, acampar en sus soledades, peinar su sentido oculto hecho de sendas, pistas, atajos, desvíos y finalmente, nombrándolos, transformar esos espacios en lugares extrañamente familiares. Desde sus inicios, la compañía liderada por Marcos Morau persigue una concepción a la vez compacta y heterogénea del espectáculo como ecología de conjunto, donde los lenguajes diferentes (danza, música, palabra), lejos de simplemente armonizarse, gravitan y se interpelan en un espacio común, una esfera poética de contornos difuminados. Sería equivocado pensar que se encuentran; más bien “se pierden”, todos ellos, en un único laberinto, una única complicación: un único imperio de la imagen que recibe, misteriosamente, un bautismo geográfico.

De Suecia a Nippon-Koku, el cometido artístico de Marcos Morau ha sido, pues, desarrollar la coreografía como acto de descubrimiento y nombramiento: forja de continentes temáticos y formales; no ya dominios limitados de signos y significados, sino “entornos” de ambas cosas; no ya tierras firmes, sino placas constantemente a la deriva: noms de lieux en un sentido casi proustiano, es decir asombrosos aglutinadores de signos.

Presentado en el Grec 2015 como un esperado retorno de la Veronal a sus cauces poéticos (tras un vertiginoso periplo artístico de Marcos Morau por el mapa – también abisal a su manera – de varias entidades dancísticas europeas – Scapino Ballet, La Compañía Nacional de Danza, Carte Blanche, Ballet du Rhin, Ballet de Lorrain, entre otros -), Voronia es posiblemente otro atraque provisional, otro extraño y extrañamente danzante “doquier” de muchos que la compañía ha hilado a lo largo de una asombrosa secuencia de éxitos: tal vez el entorno más enigmático de toda esa fantasmagórica cartografía.

Por designar el punto más profundo de la costra terrestre, “Krubera Voronya” (la cueva del cuervo en georgiano) bien podrá recordarnos ese centro de la Tierra al que Dante describió como el punto “al quale ogne gravezza si rauna” (en el que converge toda la gravedad): nudo subterráneo de peso, pensamiento, pesadumbre y pecado. Morada del diablo, linde estrema de lo Real y acompasado carnaval de un mal sin remisiones ni redenciones, Voronia es el “fondo” que creemos tocar siempre que se nos ocurre eso de “haber tocado fondo”. La frontera extrema, escasamente imaginable, de una geografía vertical de lo humano (donde la geografía tradicional de la Veronal era horizontal y difusa), enteramente rediseñada por eso que Paul Virilio llamó “lógica de lo peor”. El abismo, aquí, “llama al abismo” como cualquiera llamaría el ascensor (en lo peor no hay progresión; solo niveles; pisos, “mesetas” diría Deleuze).

Alegoría de las verdades un poco abyectas y de los espeluznantes patrones que anidan en los entresijos del mundo, Voronia es también el yacimiento neo-cínico y horriblemente alegre de todo en lo que acaban las frases que empiezan con “en el fondo… a fin de cuentas…. después de todo…finalmente…”. El infierno que nos enamora, empedrado de todas las buenas intenciones de nuestra posmodernidad, criado en el botulismo mental de nuestro nuevo culto a la inocencia, de nuestro infantilismo de pacotilla, de nuestra corrección política: renovado en cada una de nuestras liturgias angelicales y complacencias culturales. Más frio que caliente (los países evocados por Morau suelen serlo) más escalofriante que llameante; más aciago que atroz; (Dante describe el fondo del infierno como una laguna congelada y destaca la inmovilidad casi absoluta de los malaventurados apresados en su costra de hielo).

Voronia (casi una apofonía perversa del nombre Veronal) asume en muchos aspectos el desafío de traducir en danza esa apnea del acontecer que caracteriza los estadios terminales, los infiernos de una civilización suficientemente muerta de aburrimiento como para gastarse en fiestas de todo tipo – y a cualquier precio – el poco de energía moral que le queda. Walter Benjamin estigmatizó, ya en los años 30, una humanidad “devenida bastante extraña a sí misma para lograr vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. El gran party mundano que, en la segunda parte de Voronia, devana ceremoniosamente su descarrilamiento hacia la oscuridad, es una especie de síntesis de toda estas fiestas posibles, de todos los infernales paraísos (“demasiados paraísos” es el diagnóstico de Walter Siti sobre la Posmodernidad) en los que se despliega el sacerdocio de nuestra letal regresión uterina: garitos, antros, sótanos, mazmorras tecno-sexuales, cumbres pornócratas, sancta sanctorum de lo transgresivos, profundidades telemáticas y criptas del consumo. La liturgia religiosa por un lado y el peor de los crímenes sexuales enmarcan toda la “gama festiva” de Occidente. Montar orgías pedófilas en el Vaticano (como también se hizo bajo el pintoresco mandato de Stefano III, allá por el siglo VIII) en un cierto sentido expresa, anulándola, la polaridad de nuestra civilización. Voronia habla de nuestra invencible pasión por todos los agujeros en los que el aburrimiento (huelga ética y juerga práctica) adquiere una densidad y concentración suficientemente elevadas como para calentarse y sobrecalentarnos; de la irresistible tendencia de la humanidad a considerar que nada es más electrizante, más digno de que nos engalanemos, como la balsámica experiencia de ser enterrados vivos. ¿Acaso el paradigma de la fiesta permanente no es sentir que subes a lo más alto precisamente cuando caes más bajo? No ha habido nunca feligreses tan dóciles como nosotros quienes, guiados por el dogma obsceno de la felicidad a cualquier precio, ya no sabemos qué inventarnos con tal de creer que estamos cumpliendo nuestro deber de infringir algo. La humanidad no ha sido nunca tan radicalmente masoquista y tan tiernamente acobardada por sus dioses al uso.

Voronia danza también esta humanidad cabalmente neo-religiosa y derrotada, dispuesta, para no soportar su vacío, a idolatrar cualquier ampolla de nada pasible de hincharse amenazando estallar en todo momento; Voronia describe este síndrome malditamente “inflacionario”, por el que el territorio de lo peor se expande bajo una irresistible ley de auto-realización: no hay arma que podamos inventar sin ceder al capricho de usarla. Casi nada de todo cuanto podamos inventar resiste nuestra tentación de convertirlo en arma. Todo vale porque nada ya vale nada.

De aquí, tal vez, la curiosa convivencia, en Voronia, entre la instancia vertical del “descenso” y la ley horizontal de la “deriva”, como estancia extenuada (casi una sobremesa) en mil variaciones de lo mismo: las puertas del ascensor que se abren como el shutter de un aparato, fotografiarán cada vez una versión peor de un único mundo, como si deshojaran su máscara de humanidad. El festín de Voronia puede recordar el banquete del Ángel exterminador de Buñuel (objeto de un trabajo de Morau recién estrenado para el Ballet de Lorraine). El infierno de la contemporaneidad, tal y cómo lo describió Pasolini en las páginas sulfurosas de su última novela, Petróleo, ya poseía los rasgos de una insoportable planicie, concebida para cruzarla como un parque temático. El infierno de la civilización telemática (este que pone el mundo al alcance de una tecla) ha vuelto terriblemente superficial la experiencia de las profundidades. El infierno no ha sido nunca tan plano, tan difuso. La web es realmente su metáfora operacional.   Será suficiente pensar en la deep web, articulada en diferentes niveles de profundidad (diferentes “especialidades” de perversión) y a su protocolo horizontal de despistaje (el largo viaje transversal que los datos emprenden a través de la red superficial de los ordenadores de todo el mundo con tal de borrar el IP de origen del usuario).

Por eso, sería un error creer que, con sus pasiones bíblicas, con su imaginario clerical, con su antología de símbolos curiales, Voronia se limita a vacilar la sólida maldad de la iglesia histórica. Mide, más bien, la persistencia de una manera todavía religiosa, dogmática, violenta de interpretar nuestra aventura orgánica e histórica, mientras creemos haber dejado atrás dios y sus paradojas. En este enfoque, la religión bien puede convertirse en una metáfora eficaz de nuestra laicidad falsa, empapada de injusticia e incondicionalmente celebrativa. El opuesto más cabal de la religión es asumir la culpa de pensar. La fiesta es allí donde, por lo general, al no pensar, nos lo perdonamos todo. Así, la Veronal nos presenta un mundo (verdadero Sínodo Cadavérico) en el que la inocencia es lo más preciado (hoy día la noción de pureza se aplica EN TÉRMINOS ABSOLUTAMENTE IDÉNTICOS a los niños, a los cultivos biológicos y a la cocaína): porque no hay civilización más perversa (y, como los hechos demuestran, más radicalmente pederasta) que una civilización que se ha empujado a sí misma a convertir a los niños en los últimos garantes de la pureza que no posee. Añadiría que, puesto que la infancia no ha sido nunca tan potencialmente inmoral, tan cínica, tan peligrosa, tan incomprensible, tan poco “infancia” como bajo el régimen angelical de la pedagogía, Voronia será también el imperio subterráneo de un infante psicópata que parece el único adulto en medio de un mundo adulto horrendamente infantil.

Como suele ocurrir de otros derredores, otros “entornos” evocados por la Veronal, Voronia tampoco se sustrae a la regla de reunir, aglutinándolos, sus signos y símbolos en obsequio a una lógica que desafía cualquier mentalidad descriptiva. El topógrafo, en este aspecto, se parece a un soñador. He aquí el protocolo específico de significación de la Veronal. Propongo un ejemplo: si en la vida de pronto nos rodearan geishas, samurais, sushis y banderas del Sol Levante, tendríamos suficientes elementos factuales para afirmar que esto es Japón. Ahora bien, en sueño las cosas funcionan de otra manera. Ocurre, por ejemplo, que en sueño las cosas “se sepan” de forma totalmente misteriosa y gratuita; que en sueño, al encontrarme en un lugar desconocido e indefinible yo sepa de entrada, sin saber por qué, que esto es Japón. Acto seguido, el significante gratuito “Japón” empezaría a concitar, a atraer hacia sí como un imán toda la chatarra del imaginario colectivo inherente a Japón. El sueño, sin embargo, se las arreglaría para someter todos los clichés de este Japón – germinado como una fuga de signos – a la causa única de su tema, de su secreto, de su obsesión, del núcleo que constituye su mensaje verdadero e innombrable: el centro de su laberinto.

Este fue el procedimiento de construcción de Nipón Koku en 2014. Vuelve a ser el principio compositivo de Voronia: una vertiginosa flotación de signos alrededor de algo profundamente inhumano y secretamente bestial que es el infierno de todas las religiones y el paraíso de todas las irreligiones; todo cuanto pudimos decir alrededor de nuestro entredicho terminal. Si este nuevo ultramundo adquiere rasgos abiertamente laberínticos, no es de extrañar que la Veronal lo convierta también en la expresión más extrema, más atrevida de ese método de composición que Marcos Morau, elaborándolo al hilo de los 5 últimos años, ha llamado Kova, y que comparte con otras estrategias coreográficas de las últimas décadas – o con otros modos de despliegue del movimiento (las improvisation technologies de William Forsythe, las urdimbres coreográficas de Emmanuel Gat, la improvisación Gaga de Ohad Naharin) una cierta tendencia a tratar el cuerpo según metáfora y criterios topológicos.

Kova pues, es el protocolo de articulación de un cuerpo laberíntico, que acepta someter todos sus segmentos a valores de com-plicación o im-plicación, en un conjunto, un enjambre lineal que se reequilibra y reorganiza todo el tiempo. Un laberinto, recordemos, no es simplemente un lugar en el que el cuerpo se mueva, sino el lugar que produce, por intrínseca perversión estructural, la impresión de estar moviéndose y gesticulando alrededor del cuerpo que se desplaza por sus meandros. Cuerpo de Kova será por ende el cuerpo que danza haciendo suya la automoción de un lugar que no necesita desplazarse para ser un nudo de recorridos posibles, una floración de sendas, una selva de señuelos. Es suficiente fijarse en una de las muchas “danzas de enredo” que configuran los trabajos de Marcos, donde cada cuerpo, al contacto con otro, se convierte en el laberinto que lo pierde, perdiendo también, desorientando la mirada del público, desafiándola a volver encontrar los tramos dinámicos de unos cuerpos que la danza se ha esmerado en confundir.

Kova moviliza así un cuerpo mítico. Tergiversa el mito del cuerpo (y lo tergiversa literalmente: torciéndolo, invirtiéndolo, revertiéndolo, interpolándolo, variándolo, desviándolo – alguien ha descrito la topología como una “geometría dibujada en papel de goma”). Y tergiversa el cuerpo como mito. Lo que kova escenifica no es, en suma, un cuento del cuerpo, sino el cuerpo del cuento. Como ocurre de la narración en Shéhérazade, Kova no es vivencial, sino supervivencial. Como ocurre de Shéhérazade, el cuerpo en Kova no vive para narrar: narra para sobrevivir. Kova no designa la falsa turbulencia del cuerpo en el espacio, sino la verdadera turbulencia del cuerpo como espacio. No es ni lenguaje, ni técnica, ni estilo. Es, si acaso, una fraseología o una computación del cuerpo. Por eso, el cuerpo de Kova, stricto sensu, ni es movido ni se mueve: es, si acaso, auto-movido. El intérprete de Kova es un nudo que no termina nunca de solventarse. Devana infinitas madejas de aire. El intérprete de Kova es un periplo muy largo en un lugar muy angosto.

Por eso, llamaremos Kova una topología del cuerpo. Porque si la topología atribuye a una porción de espacio (a un lugar matemático) la facultad de deformarse y transformarse con tal de conservar una equivalencia enigmática consigo misma, será topológico el cuerpo que se anuda y denueda con tal de preservar su propia auto-equivalencia figural. El cuerpo de kova es un grafo. El cuerpo de Kova es un cuento que puede contarse de mil maneras. Su denuedo no es nunca definitivo. La bifurcación es lo único que le importe del camino.

Roberto Fratini

LA VERONAL presenta ‘Voronia’ en el Mercat de les Flors del 3 al 6 de marzo

WEB COMPAÑÍA

http://laveronal.blogspot.com.es/

 

BIBLIOGRAFÍA

Jean BAUDRILLARD, La ilusión del fin o la huelga de los acontecimientos, Anagrama, 1997.

Fermín BOCOS, Viaje a las puertas del infierno, Planeta, 2015.

Gilles DELEUZE, Proust y los signos (e-book), 1988.

Roberto FRATINI, A contracuento. La danza y las derivas del narrar, Mercat de les Flors, 2012.

Karl KERÉNYI, En el laberinto, Siruela, 2006.

Alberto MANGUEL, Gianni GUADALUPI, Guía de lugares imaginarios, Alianza, 2014.

Georges MINOIS, Historia de los Infiernos, Paidós, 2005.

Pier Paolo PASOLINI, Petróleo, Editorial Noticas, 1996.

Walter SITI, Troppi paradisi, Rizzoli, 2015.

Paul VIRILIO, Philippe PETIT, El cibermundo. La política de lo peor, Cátedra, 1997.

 

LINKS VÍDEO

http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/tria33/marcos-morau-versio-completa/video/5535276/ (Entrevista de Toni Puntí a Marcos Morau sobre Voronia, 25/6/2015)

https://vimeo.com/150342535 (Vídeo “La Veronal – Kova – Geographic Tools”)

https://vimeo.com/2904371 (extracto vídeo William Forsythe, “Improvisation technologies. A tool for the analytical Dance Eye”)

https://www.youtube.com/watch?v=u5Y8hq2FFGs (Extracto y entrevista Emmanuel Gat, Brillliant Corners)

https://www.youtube.com/watch?v=ERHL5nzEMmM (Trailer original Luis Buñuel, El ángel exterminador)

https://www.youtube.com/watch?v=nQDbTZ3CAaw (Documental Deep Web)

https://www.youtube.com/watch?v=gPK53fQqjmk (Audiopedia Krubera Cave)

 

OTROS LINKS DE INTERÉS

http://www.ysarca.com/dan_052-la-veronal–marcos-morau.html (voz “La Veronal” en Ysarca Art Promotions)

http://www.elmundo.es/cultura/2015/12/13/566c5269ca4741597e8b4668.html (artículo Online, “Territorios de lo imposible”, Ángel Vivas, 13/12/2015)

http://www.ehu.eus/~mtwmastm/sigma20.pdf (PDF online, Marta Macho Stadtler, “Qué es la topología”)

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