‘Hacia un cuerpo sabio’, por CONDEGALÍ B. L.

A lo largo de la década pasada, se habló y discutió extensamente en torno al texto del filósofo francés Jacques Rancière, “El maestro ignorante” (2003). Más allá de las modas académicas que cada temporada renuevan la nómina de “autores tendencia” y acuñan las palabras clave que hay que aprender a pronunciar si una quiere ser reconocida como parte de la manada teórica hegemónica, el texto llevaba a cabo un desplazamiento, cuanto menos, interesante. En lugar de colocar en el centro de la cuestión educativa a los alumnos, es decir, a aquellas personas sobre las que recae la condena de “tener que recibir una educación” y que, por tanto, son objeto de las teorías educativas y sus métodos, ponía el foco en la figura del maestro. Mientras que tradicionalmente, el problema de la educación se había centrado en el alumno “que no sabe” y que, por ello, tiene que “aprender”, Rancière inspirándose en las experiencias de Joseph Jacotot (1770-1840) en su exilio holandés, le da la vuelta a la cuestión y coloca al maestro en la posición del “ignorante”.

En el imaginario más convencional, reaccionario y extendido, el maestro ocupa el lugar del sabio que asume la responsabilidad de educar, valorar y juzgar a quienes no saben. Según esta forma predominante de entender la educación, el maestro encarna la autoridad a través de la que el saber se transmite a los alumnos-ignorantes. Frente a esta imagen convencional, el desplazamiento que lleva a cabo Rancière al imaginar un maestro que sabe que no sabe, no solo pone en cuestión la autoridad tradicional asignada a esa figura, sino que además le da un giro radical a la forma de entender los procesos de aprendizaje.

Ejercer opresión y violencia sobre las consciencias y los cuerpos de otras personas no son acciones a través de las que se pueda aprender otra cosa distinta que la propia opresión y la propia violencia. Por eso, al renunciar a su posición de autoridad abusadora (asignada y legitimada por el patriarcado) al reconocerse como un sujeto “ignorante” más, el maestro que imagina Rancière abre la puerta a unas formas de transmisión de conocimiento que no dependen del ejercicio de poder de unas personas sobre otras. El maestro consciente de su ignorancia tiene el poder de hacer de esa ignorancia un espacio común en el que el deseo de conocer no es alienado por imposiciones autoritarias.

De esta manera, según Ranciére, el aprendizaje se aleja claramente del adiestramiento y la disciplina, y aparece más bien como la consecuencia del encuentro y la colaboración entre personas con consciencias y saberes distintos. Así, la “ignorancia” compartida daría lugar a un espacio común que acoge a todas las personas comprometidas en un proceso de aprendizaje.

Sin duda, la propuesta del filósofo francés es inspiradora y muestra caminos muy interesantes a partir de los que revisar nuestras prácticas pedagógicas y creativas. Sin embargo, siempre cabe preguntarse por el cuerpo y más cuando estamos tratando con ideas propuestas por un hombre europeo, blanco y burgués. ¿Qué papel hace el cuerpo en su proyecto de “ignorancia compartida”? ¿Es realmente posible hablar de “ignorancia” cuando nos referimos a un cuerpo vivo? ¿o es acaso la “ignorancia” un concepto que solo se refiere a la mente y que, por tanto, refuerza la alienante distinción binaria cuerpo-mente?

Observemos un cuerpo vivo en reposo. Cualquier cuerpo: da igual su funcionalidad, su complexión, su estado… Observemos lo casi milagroso de esa vida que se sostiene a sí misma. Ese organismo en calma está llevando a cabo tareas complejísimas, está poniendo en práctica saberes que se escapan a nuestra consciencia y está produciendo una experiencia concreta, es decir, está produciendo un saber concreto. Solamente teniendo en cuenta esto, ya se hace difícil sostener que, en efecto, ese cuerpo en reposo y vivo, “no sabe”. La “ignorancia” que instituye Rancière no parece tener mucho que ver con la realidad concreta de nuestros cuerpos. Cierto es que se trata de una buena idea para ponerle freno a las dinámicas patriarcales que dominan la educación. Pero una vez más, la filosofía blanca y burguesa deja fuera de su proyecto al cuerpo que la genera.

El cuerpo es sabio. Todos y cada uno de los cuerpos vivos en el planeta en este instante, cada uno con sus maravillosas especificidades, contiene todos los saberes posibles. En nuestras células están inscritos los algoritmos, las fórmulas y cálculos más complejas posibles; nuestros tejidos manejan todas las teorías físicas conocidas y por conocer; nuestros fluidos han pasado por todos los textos escritos, por toda la literatura; nuestros órganos se saben al dedillo las biografías de todas las mujeres silenciadas a lo largo de la historia; y nuestros sistemas comprenden y manejan las ideas más sofisticadas. En cada cuerpo están inscritos todos los saberes posibles. Evidentemente, nuestra pequeña consciencia cotidiana, no es capaz de manejar todos estos saberes. Pero, lo cierto, es que si estamos vivas, es porque nuestras células saben cómo se construyeron las pirámides de Egipto aunque la información concreta y lógica se escape a nuestra conciencia y a nuestras capacidades de expresión lingüística.

En este sentido, el aprendizaje quizás no tenga tanto que ver con subsanar unas carencias discursivas, con remediar la ignorancia, sino más bien con reconocer la sabiduría del cuerpo. Quizás, ahora más que nunca, tiene sentido dejarnos inspirar por los procederes pedagógicos socráticos y partir siempre de la certeza de que la carne sabe. El reto de la educación en este sentido, consistiría en desarrollar maneras de hacernos conscientes no de lo que no sabemos sino de los saberes que ya están, que ya conforman esencialmente nuestro cuerpo y nuestra existencia. Así, si la “ignorancia” de la que habla Rancière tiene sentido es como repuesta a la evidencia de la sabiduría inmensa de nuestros cuerpos: podemos llegar a saber porque tenemos un cuerpo.

La obra dit dit, forma parte del proyecto de investigación Touching Improvistation dedicado al estudio y al desarrollo de los saberes específicos ligados a la piel y al tacto. Se trata de un pequeño intento juguetón de activar en el cuerpo algunos conocimientos básicos que forman parte del currículo de educación primaria . A través de la práctica del tacto y de ciertos patrones sencillos de composición coreográfica, se activan en el cuerpo de los bailarines formas de sumar, restar, multiplicar y dividir; estrategias para armar una frase; juegos poéticos con el sonido de las palabras; o escenas en las que los adverbios se convierten en pequeños relatos, por ejemplo. La coreografía que resulta es una especie de recorrido no discursivo a través de lo que los cuerpos pueden llegar a hacer y por tanto, a conocer. Así, la obra propone acciones sencillas que generan experiencias concretas a partir de las que fácilmente se puede despertar la consciencia acerca de ciertos temas clave, es decir, a través de los que podemos, en efecto, aprender cosas.

CONDEGALÍ B. L.

CONDEGALÍ presenta ‘dit dit’ al Mercat de les Flors el 6 i 7 de març de 2021

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