• Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • Youtube

‘Living, leaving, loving’, por Roberto Fratini

‘Living, leaving, loving’, por Roberto Fratini

Nobody, not even the rain, has such small hands.

(E. E. Cummings)

Mimados por la fastuosidad laberíntica de los grandes formatos de la Veronal, a veces olvidamos que Marcos Morau es sobre todo un orfebre del detalle, del punto cero, de la célula estaminal. Sabe mejor que nadie ensamblar, armar, detonar singularidades.  Y cuando se despide de la familia de imágenes que lo han habitado durante años; cuando, con la honradez del artesano y la austeridad del explorador, aborda un nuevo continente poético, lo hace ofreciéndose un ágape de simplicidad, franqueza y autoironía. Ocurría en Kova – Geographic Tools, la conferencia performativa sobre las herramientas de trabajo de la Veronal que valió a Marina Rodríguez, en 2017, el premio de la crítica a mejor intérprete; y ha vuelto a ocurrir en Taula Rodona, memorable one-shot, entre ponencia, confesión grupal y liturgia danzada, que el verano pasado sorprendió como un lapsus revelador el público del Poesia i + de Caldes d’Estrac, y que brindó a Fabio Calvisi la ocasión de un emocionante soliloquio gestual. Fabio y Marina, justamente: los dos intérpretes, los dos ministros de Living & leaving. A ellos, como oficiantes de un sacramento sin precedentes, de descubrir en qué pliegues de Kova, en qué anamorfosis dinámicas, en qué detalles se gesta el imaginario del nuevo ciclo; cómo se plasma en nuestra fantasía, en nuestros cuerpos, el hecho abrumador de creernos vivos.

Como la misma existencia, la Trilogía de la Vida arranca del accidente, del encontronazo, del contagio, la coincidencia, la conspiración, la negociación, la ignorancia compartida – instante de gracia y presagio de desgracia – al que durante siglos, rendidos ante la impotencia del lenguaje, hemos llamado amor. Invoca como una fuerza agitadora y un atractor universal aquel amor que, en palabras de Dante Alighieri move il sole e l’altre stelle (mueve el sol y las demás estrellas), ordenando y despeinando el ballet del universo.  Nos recuerda que el amor no se dice – se vive; no se cuenta – se danza; y que, contra una opinión muy difusa, no es algo que se siente: es algo que se da. Hablamos de un principio tan radicalmente terrenal que el occidente medieval lo plasmó como un mito para “concretizar” los delirios de la religión, reconducir la infinitud del cielo, dejar una esperanza a la imaginación, liberar las metáforas del mundo concreto. Y los poetas acogieron el mandato de venerar un dios más piadoso que el autor único del Libro, de desglosar un misterio menos obvio, menos terco que la muerte, conjurando con nuevos medios el espejismo de vencerla, de contrapesarla, de relativizarla. Porque morir es el menos activo, el más solitario de los verbos. Y porque la muerte a diferencia del amor, únicamente se recibe: es tan ineludible e inasumible, tan incomprensible y obscena, que sólo nos es dado vestirla de decoro, cubrirla de abalorios, terciopelos, aparataje,  parure; emperifollar su armadura, envolverla en el resplandor de unos signos que, por miedo a nombrar lo innombrable, no terminan de significarla. ¿Acaso toda la trilogía anterior de Marcos Morau (Totentanz- Morgen ist die Frage, 2024; La mort i la primavera, 2025; Svatbata, 2026) no hablaba de este parentesco entre la muerte y los paradigmas ornamentales de occidente? ¿Y no es lógico que la nueva Trilogía, a la hora de abordar otra vertiente de nuestro apego a los signos, otro manantial de nuestro imaginario compartido, empezara precisamente por el amor? Por el amor, nuestra luminosa impotencia borracha de posibles, nuestro único diversivo ante los poderes fácticos, banales de la muerte. Por ese amor, tan ubicuamente endeble y, a diferencia de la muerte, tan improbable, que lo hemos amparado en ciudadelas de significado, mundos de narración y catedrales de interpretación, desviviéndonos por él con tal de no morir. Reflotándonos en él como en una inmensa matriz que rompe aguas por cada imagen, por cada metáfora.

 Vivir, dejar, dejar vivir, dejarse vivir. Y una hipótesis, casi una plegaria: “¿Te dejarás vivirme? ¿Me dejarás vivirte?”. El amor es el más abierto de los formatos: una singularidad dual y siempre inacabada, de mundos que no terminan nunca de encajar; opus que nunca termina de ser obra, tinglado expuesto a toda la intemperie de la realidad. Es siempre algo, y siempre inicio de algo.

La primera intuición de Living & leaving es esta drástica simplificación de los signos, del organigrama, del dispositivo. Después del lujo, del descaro de la muerte, Marcos se acoge a la indigencia vital del amor y de la poesía. La misma indigencia que alegamos cuando enamorados, embravecidos y miserables, decimos cosas como “Sólo te tengo a ti”, “Eres todo para mí”, “Me bastas tú”: esa crónica insuficiencia de los medios que dispara la inteligencia, la ocurrencia, la trágica ironía de todos los amantes, que no vienen a cabo del enigma de amarse; que en el mejor de los casos dedicarán una vida a la labor vana de descodificarlo; y que un día aceptarán juntos la insuficiencia de cualquier respuesta o razón. Por mucho que la Cultura ofrezca prótesis de toda calaña, modelos, garantías, precedentes, amuletos y talismanes. el amor sigue siendo un gesto compartido de ignorancia, paciencia y torpeza. En el dispensario de la historia no hay tratamiento del malestar inherente que no se antoje trasnochado: el amor, como la danza, es una forma compleja, turbulenta del presente. Un sistema emergente y el estado de emergencia de cualquier sistema. Mysterium el pie de la letra: ¿Será que todos los amantes son como iniciados, que creen amar por la primera vez en este mundo? ¿Será que, como los misterios antiguos, amar implica el pasmo de conocer en carne viva la irrelevancia y relatividad de todo cuerpo, de toda apariencia material? ¿Será que amar nos transforma sin retorno? ¿Qué su intensidad desafía el intelecto y desbanca el discurso? ¿Será que nunca lo aprendes de memoria y no es amor si ya te sabes el guion?

O será simplemente que son aburridísimas las parejas (hay muchas por ahí) unidas por razones evidentes a todo el mundo. Y son en cambio interesantísimos, casi sublimes esos consorcios sentimentales que nadie entiende y todos juzgan desparejados: porque comparten un secreto, son guardianes de un misterio, poseen una mecánica original, una técnica, un modo irrepetible de salvarse mutuamente. Y sólo cuando bailan dejan vislumbrar los entresijos de su complicidad.

Living & leaving expone esta extraña, danzante soledad de los amantes, moduladores de espacios tremendamente variables (grandes como multiversos, pequeños como cuchitriles): dimensiones tan impredecibles que es casi imposible defenderlas de la mirada ajena, salvarlas de la historia. Miren con qué arrogancia los artistas entregan al público las concreciones de sus mundos privados. Y miren con qué reluctancia los amores se dejan caer bajo el escrutinio del mundo; cómo se cuela en el idilio la juerga, la guerra de la realidad; cómo se tropieza, nuestra danza, con la escabrosidad, con la indiscreción de la realidad; cómo, en palabras de Mayakovsky, el barquito del amor se estrella contra la vida; cómo se desangra en la nuestra la mirada ajena. Cómo sobran los demás y como, al mismo tiempo, son necesarios al mito de nuestra diferencia, a la fabulosa grandeza de amarse. Somos reyes formidablemente desnudos.

Sobre todo de esto va el último apólogo de La Veronal: del oscuro isomorfismo entre el gesto de amar y el desamparo de crear. De la paradoja de todo amor, que siempre es una historia aunque no haya nada que contar; que parece tan universal y en cambio, como los verdaderos paradigmas, no existe que en la realidad concretamente irrepetible de dos personas. El amor es una regla hecha únicamente de excepciones. Como aquí, donde el apólogo coreográfico sobre los gastos y engastes del amor es también un gesto coreográfico y deliberado de amor c a Marina Rodríguez y Fabio Calvisi, a la pareja que son en la vida y en escena, maravillosos poetas de la complejidad, atletas del corazón, cómplices del más inocente de los crímenes: perderse todo el tiempo para seguir buscándose.

Queda una anhelante apofonía del sentir – loving, living, leaving – que es la verdadera materia del deseo. Del latín desiderium (derivado, a su vez, de sidera – las estrellas). Porque las estrellas siguen siendo, por mucho que volemos hacia ellas, terminantemente lejanas. La geografía de nuestros amores es igual de hipotética que un mapa celeste: como astrólogos vivimos; como astrónomos dejamos.

ROBERTO FRATINI

LA VERONAL presenta ‘Living & Leaving’, del 18 al 20 de setembre de 2026, al Saló del Tinell del Museu d’Història de Barcelona

Bibliografía:

Roland BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Madrid: Siglo XXI, 2025.

Johannes BIRRINGER, Kinetic Atmospheres. Performance and Inmersion, Abingdon: Taylor & Francis, 2021.

Denis DE ROUGEMONT, El amor y occidente, Barcelona: Kairós, 1979.

Oriol PUIG TAULÉ, Marcos Morau. La Veronal. La mort i la primavera, Barcelona: Diputació de Barcelona, 2026.

Links de interés: