En Ra! hay diecisiete personas en escena, algo insólito en la trayectoria de una artista que hemos conocido sobre todo por sus solos. Pero, en realidad, su cuerpo nunca ha sido uno solitario, su escena ha sido desde siempre numerosa y tumultuosa. En un solo, el cuerpo de Patricia Caballero está acompañado de todas las personas del público. Mientras que otras formas de estar en escena obvian esa presencia, con la mirada dirigida a un punto en el horizonte por encima de las cabezas que asoman de las gradas, ella se instala en medio de tu campo visual y afectivo, te apela directamente, se mete sin querer en tu cuerpo de espectadora y crea una intimidad casi instantánea. Y luego se queda contigo largo tiempo. Ella misma lo describía en Ágape: “Imagina que salgo volando y me meto en tu cuerpo y te levanto y te quedas aquí en medio y te desnudo”, “imagina que salgo volando y me convierto en ti y cuando salgas del teatro te dan ganas de revolcarte por ahí por los suelos”, una retahíla de “imagina que…” que va creando un proceso de comunión liviana, empezando por dos cuerpos, pero que se extiende mucho más allá. En segundo lugar, aparte del público, Patricia lleva consigo los mil gestos y haceres de tantos otros cuerpos de la tradición, por los que transita, tartamudeando los lenguajes heredados. Patricia no convoca esa compañía numerosa (de cuerpos vicarios que circulan a través de sus gestos) mediante una adhesión o una identificación con un lenguaje dado o una gramática operativa; la vía que Patricia Caballero encuentra es, en sus palabras, la de perderse “en el laberinto de las memorias”, lo que implica un proceso de aligerar capas y capas de lenguaje de movimiento atravesándolas, quitándoles importancia, haciéndolas inoperativas para sus usos habituales, desmontándolas, evidenciando su contingencia… porque lo que de verdad importa es otra cosa, una pulsión de vida, “un corazón que late”, al lado del cual los lenguajes bien hablados dicen poco y no explican nada. Y aquí llego a una tercera compañía de ese cuerpo sólo en apariencia solitario: Patricia en escena se abre a una comunidad atávica, la que ha configurado su cuerpo durante siglos. Sigo con la retahíla de “imagina que salgo volando” de Ágape, después de detallar lo que haría viajando a tu casa, metiéndose en tu cama, haciendo cucharitas y, estirando hasta lo impensable el viaje fabulado, dice: “y me voy al último rincón de la galaxia y me encuentro con los dinosaurios, con tu bisabuela…” Esto resuena con las palabras de un cuerpo afín al de Patricia, en este caso el de una escritora que también supo ir hasta el fondo de su práctica para desnudarla de todo y llegar a lo esencial, Clarice Lispector: “estoy intentando escribirte con todo el cuerpo, enviarte una flecha que se hinque en el punto tierno y neurálgico de la palabra. Mi cuerpo incógnito te dice: dinosaurios, ictiosauros y plesiosauros”. Patricia es bailarina, no escribe, ni envía palabras; ella ofrece su cuerpo, con la fuerza que le da el saberse acompañada por el público, por los cuerpos que viajan en las tradiciones de movimiento que aprendió y por los cuerpos antiguos que laten por debajo de todo lenguaje y son por ello capaces de ponerlo en crisis.
Patricia Caballero retira capas y capas que serían fundamentales para sostener otros cuerpos en escena: se deshace de las técnicas aprendidas con esfuerzo y practicadas largamente, pulidas y optimizadas durante años. Retira lo que un cuerpo en escena sabe hacer; pero también lo que pretende hacer, cómo quiere ser visto, las expectativas propias y ajenas, las continuaciones probables, posibles o deseables de la situación. Excava en las profundidades debajo de todos esos patrones, rutinas y estructuras fosilizadas para rescatar un cuerpo, para llegar “al punto tierno y neurálgico”. Qué queda entonces: unos puntos de referencia, algún deje, gestos solitarios, el comienzo de algo, un retazo de otra cosa, un puzle vivo titubeante que permite intuir un cuerpo indescifrable, resistente al discurso, verbal o gestual. Lispector otra vez: “Mucho más allá del pensamiento tengo un fondo musical. Pero todavía más allá está el corazón que late. Así el más profundo pensamiento es un corazón que late.”
Ahí es cuando, en palabras de Patricia, “el cuerpo deja entonces de ser cuerpo y pasa a ser territorio tomado por una fuerza que no pide perdón.” Para que el cuerpo en escena se convierta en territorio habitado por intensidades no hay disciplina, técnica, o truco que ayude. Todo lo más que se puede hacer es disponerse de una determinada manera: entregarse. Una entrega al ahora, al instante radical, a sus posibilidades e imposibilidades, a los fantasmas que se cruzan y que se pueden intentar atrapar o dejar ir, al instante que puede dejar las cosas como están o, con la misma ligereza, trastocarlo todo.
La entrega no es un estado fácil alcanzar. Primero de todo, hay que deshacerse de los los lenguajes que funcionan como escudo y protección. Pero eso ya lo he dicho. También hay que superar el miedo al vacío, el temor a que no suceda nada. Y sobre todo y más difícil todavía, confiar en lo desconocido. Lispector acude de nuevo al rescate con palabras que podrían haber sido pronunciadas por Patricia Caballero: “Tengo un poco de miedo: miedo de entregarme, porque el próximo instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace solo? Lo hacemos juntos con la respiración. Y con una desenvoltura de torero en la arena.” Patricia Caballero abraza la incertidumbre, acepta la situación tal y como se da sin proyectar sentidos, ni buscar coherencias. Sigo con Lispector: “Si espero a comprender para aceptar las cosas nunca se producirá el acto de entrega. Tengo que dar el salto de una sola vez, un salto que abarca la comprensión y sobre todo la incomprensión.” Entregarse implica acechar la emergencia de lo posible; asumir de forma radical el desconocimiento del mundo y de sí, abrirse a las complejidades y potencias de cada instante en lugar de llenarlo con voluntades y proyecciones, como si estuviera vacío. Como consecuencia de esta entrega, del disfrute corporal de la profunda libertad y flexibilidad del ahora, lo que viene a continuación en su escena pocas veces es lo esperable.
Aquí radican algunas claves del hacer escénico de Patricia Caballero. Ahora que ella sale de la escena y le deja su lugar a seis bailarines y bailarinas y a once cantantes de un coro, ¿son las cosas diferentes? Pienso que el énfasis sigue estando en esta mezcla de ligereza y epifanía que se consigue con cuerpos entregados. Y la clave aquí está en su experiencia de más de quince años en múltiples talleres y contextos de formación, transmitiendo a otros cuerpos su saber o, mejor dicho, su saber deshacerse de lo que sabe. Cuando me acerqué a ver un ensayo en febrero pude observar la manera en la que inocula ese estado de entrega, con consignas como “nadie nos va a dejar solas” para saberse acompañada y sostenida por el grupo, su insistencia en tomarse tiempo, en dar confianza al cuerpo expuesto a la mirada, en reducir la intención y la acción. La preparación no era tanto física, como de disposición, con frases certeras como: “calentar no es estirarse, sino prepararse para lo que pueda suceder” y una orientación hacia la escucha interna, para sentir la “necesidad propia, aunque el mundo se esté derrumbando”. Invitaba al grupo a transmitir ese estado de apertura al público también, acompañando su entrada, disponiéndolo a lo que pudiera suceder, a abandonar expectativas, porque puede darse “una epifanía quizá mucho mejor que lo que podamos imaginar.”
Disfruté mucho durante el ensayo, a pesar de las interrupciones, los comentarios y las escenas a medias. Se notaba que, aunque tocara fijar algunos momentos y ordenar las escenas, todo el tiempo previo de trabajo colectivo no se había puesto al servicio de la presentación final, sino que se había configurado como un proceso vital e intenso para las personas implicadas; el momento de la escena sería uno más en una larga serie de encuentros. Cuando le pregunté a Patricia qué le había llevado a una propuesta escénica tan numerosa y compleja, vi la enorme emoción de embarcarse en la aventura de un proceso colectivo de aprendizaje y exploración. Y creo que aquí radica una de las fortalezas de sus solos, de sus colaboraciones, y muy presente en Ra!: en la escena no hay nada que perder, porque ya se ha ganado todo antes.
Victoria Pérez Royo
PATRICIA CABALLERO presenta ‘RA!’ al Mercat de les Flors del 9 a l’11 d’abril de 2026
Referencias:
Patricia CABALLERO, Ágape (2024)
Clarice LISPECTOR, Agua viva, Madrid: Siruela, 2013 (1973).