“E per ogni fil d’erba ti sorride
solo a te sola”
(Gabriele D’Annunzio)
Sabíamos uno de otra, como suelen conocerse los que aún no se conocen. La primera vez que hablamos, Olga me había dado cita en la cafetería anexa a un viejo cine de arte y ensayo, en el centro de Estrasburgo. A través de un cristal que al entrar había confundido por un espejo, podía verse desde las mesitas, en escorzo, la pantalla del cine de al lado. Era incluso posible seguir la película, de gratis y de reojo, obviamente sin sonido (o será que los diálogos atravesaban apenas, como un murmullo bajo el agua, el cristal espeso). Ese día no la seguí. En algún momento de la conversación Olga me dijo tenerle cierto cariño a aquel café trasnochado, blandamente déco (y muy blandamente iluminado), donde podías mirar una peli sin dejar de mirar, fuera del campo de visión de una pantalla pensada para que no se mirara otra cosa, toda la realidad que quedara por mirar. Cuando vino mi turno, admití casi a regañadientes que las cafeterías – cuanto más ajadas mejor – son también mi hábitat de trabajo preferente; que se me da muy mal escribir en el decorado fotogénico de mi estudio, con la biblioteca y el escritorio de nogal carcomido, donde tantos creen que escribo – e insisten heroicamente en regalarme bolígrafos de marca, sin saber que me los dejo todos, a los pocos días, en las mesas de algún bar-. Tuve que admitir que mi estudio es como el museo de una seriedad intelectual muy anhelada y muy poco lograda, que algunos (yo entre ellos) visitan con asombro muy de vez en cuando; que para eso han nacido los cafés, y para eso están: para dar cobijo a un sociable sentimiento de autoinsuficiencia. “Los cafés son para quienes sólo saben estar solos estando acompañados. Y hoy estoy insuperablemente solo porque tú estás conmigo.”
Una mesa propia es así de solitario, como un metódico ejercicio de understatement. Mesa propia: como decir, Olga Mesa de retorno a sí misma. Olga propiamente ella, entregada a una especie de quiasmo, de partida doble consigo misma. Olga y la doble visión de Olga. Olga rica de su indigencia, en una especie de ground 0, después del largo periplo – años, pasmos, espasmos – por los laberintos fractales, maravillosamente alienantes de Carmen//Shakespeare (que fue de todo: una tetralogía escénica con tentáculos y apéndices, una instalación, un museo, una Hidra de Lerna – dédalo y cabaret, templo y vertedero, escuela y purgatorio, bunker catódico y selva oscura -).
Mesa propia: como la relectura, en la Edad Linkeada e Interactiva, de ese alegato en favor de una topología emancipadora que Virginia Woolf había formulado, en 1929, hablando de una habitación propia. Y al mismo tiempo, psicomaquia, ajuste de cuenta anímico con la mesa, con el espacio operativo por definición, la tierra lisa del mapeo de sí, la meseta donde florecen diarios íntimos y proliferan, como malas hierbas, los recuerdos. Olga quería esto: renegociar el espacio concreto, el reducto manual de la mesa; y renegociarlo a partir de esa última reducción a aparato del cuarto íntimo como enclave del alma, beata solitudo y sola beatitudo – habitación, chambre y finalmente cámara -; barajar como danza la marcha compulsiva de las manos en un terminal de ordenador o en una cámara digital, teclados y pantallas que una pandemia había terminado de convertir en la última linde, la tierra prometida (y horriblemente prometedora) de la nueva subjetividad. A parte enseñarnos a navegar los siete mares del onanismo, la producción industrial de la socialidad no ha hecho más que complicar la labor manual de sabernos solos y saber estarlos. La soledad es una artesanía sin mercado.
Y de esta forma, quizás, Olga le cambiara sentido al imperativo de la era social: que para estar acompañados necesitáramos estar solos; que para acercarnos a lo lejano necesitáramos arrinconarnos en la proximidad acuciante de un chisme electrónico; que aceptáramos, a cambio de la cercanía de todo lo lejano, volvernos ciegos a todo lo cercano. Para eso la mesa vuelve a ser propia y vuelven, en ella, a danzar las manos: para cambiar las tornas a ese gran déficit de atención que azuzaba, en los meses de la pandemia, la hiperactividad telemática de todos; para que esperar sentados el final del mundo no significara viajar sin límites a cinco continentes de pixeladísima inconsistencia, sino viajar hacia dentro, hacia contenidos que pedían ser gestuales y podían ser gestados.
Así de horizontal es la red pensada para capturar una memoria tan abisal.
Una mesa propia celebra una catábasis, un descenso a las madres (Virginia Woolf, Olga Preobraženska, Isadora Duncan, Nina Simone, y otras); y un retorno a la madre, a Marián Suárez poeta, intelectual, luchadora. Es la mesa donde se delibera la labor infinita, la escenificación imperfecta, paciente y a la vez precipitada, que es despedirse. Porque en tiempos de pandemia ocurrió eso: embriagados por mil sucedáneos tecnológicos de presencia, olvidamos despedirnos; u olvidamos que despedirse sin parar de despedirse, ausentarnos sin terminar de ser ausentes pudiera ser el único uso humano y disidente de tanta tecnología. Olga y Marián se entrenaron a decirse adiós cada día. Y el adiós no terminó de ser nunca una lección aprendida.
Saber estar fuera de campo, hors champ, en la era de la captura infinita, es la última forma, y la más beligerante, de presencia, la carnalidad definitiva. Puede que la genética y la patología funcionen por algoritmos, pero el algoritmo de la maternidad es incalculable: salimos de la carne de nuestras madres como un exceso de su cuerpo, y nuestro afecto, nuestro apego, tan orgánico y desorganizado, no deja de ser un gesto de alta infidelidad: tecnología casera que pretende parchear – y no lo consigue – la herida de esa excedencia.
¿Acaso no ha sido esto el núcleo de la complicidad vital y artística de Olga y Francisco? Rehumanizar por defecto (o por defectuosidad) las ilusiones de exactitud, la suficiencia despiadada de las tecnologías de filmación, captura, acaparamiento y capitalización del mundo concreto. ¿No habrá, tras el lema mesa propia, el misterio de expropiación que anida en cualquier maternidad y finalmente en cualquier afectividad, cualquier eros? ¿No son acaso las madres, las que nos pierden preparándonos a perderlas? ¿Y no será esta pérdida la que, a pesar de tanta propaganda identitaria, nos define volviéndonos precisamente indefinidos, indeterminados, imperfectos, in-finitos?
Por eso los grandes dispositivos de Hors Champ, y este pequeño dispositivo, esta cuna adulta de la mesa propia, están invariablemente mecidos por el aire – brisa que aviva, viento que confunde, tormenta que barre -, azotados o acariciados por una vacilación atmosférica que es la enfermedad de la imagen técnica, su punto de pliegue, su arruga, su potencia de amor. La foto movida, la imagen desenfocada – For my love is like the wind, and wild is the wind. Por eso, Didi-Huberman diría, nuestras memorias electrónicas pueden volver a ser recuerdo; y por eso la más técnica de las imágenes sabe aún conmover el aire que la conmueve, y hacerse piel, membrana, sensor: “Esa piel invisible que nos remueve y que despierta el aire que respiramos… esa piel que desconocemos por ser propia y única de cada ser.” Es un whatsapp que Olga me envió, después del estreno de Autopsia, el pasado mes de julio. Autopsia era, mira tú por dónde, una especie de elegía sobre padres.
Amamos estando solos. Y quien nos ama, nos ama donde más solos estamos.
Roberto Fratini
VVAA, Olga Mesa y la doble visión, La Laboral, Gijón, 2026.
Georges DIDI-HUBERMAN, “En el aire conmovido…”, Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2025.
José Antonio SÁNCHEZ, Jaime CONDE SALAZAR, Cuerpos sobre blanco, Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha, 2003.
Virginia WOOLF, Una habitación propia, Barcelona: Arpa, 2025.
RTVE, Metropolis, 10/12/2018, “Carmen/Shakespeare – Presagio del deseo”
Integral Olga Mesa y Francisco Ruiz de Infante, Carmen//Shakespeare, Acte I (celui du brouillard), 2017):
CGAC Santiago de Compostela, “Presentación de Olga Mesa, “Re-visión(s)”, 2023):
Extracto Olga Mesa, Daisy Planet, 1999: