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‘El barro y la piedra’, por Victoria Pérez Royo

‘El barro y la piedra’, por Victoria Pérez Royo

El barro ha irrumpido como un seísmo en la trayectoria artística de Juan Domínguez. Y no parece en absoluto causal. El barro, materia plástica y  metamórfica, parece la más adecuada para acoger muchas de las inquietudes que han movido su trabajo y de las propuestas que ha lanzado al público a lo largo de décadas: disposición al asombro, suspensión prolongada del reconocimiento, trabajo con la ambigüedad, recobro de la plasticidad de la percepción, apertura de los límites de la experiencia, trabajo con la duración para seducir e incitar la curiosidad, entre otras. La fuerza fecunda, generadora y dinámica del barro parece corresponderse de manera exacta con una sensibilidad particularmente inquieta, disolvente de marcos establecidos y de las estructuras rígidas, a menudo pétreas, de producción, exhibición y apreciación en las artes.

Juan Domínguez en Dirty abandona la escena de nuevo para invitar al público a otros lugares. Ya con Clean Room nos condujo a espacios inesperados (un barco, un supermercado) y situaciones imprevistas (a generar comunidad con un grupo de personas desconocidas, a que la pieza suceda mientras esperamos a que comience). En este caso, la propuesta es informe como el barro fresco, e invita a un híbrido entre galería, auditorio y taller que no se reduce a ninguno de esos formatos, sino que los deforma y reconfigura para inducir una experiencia intensa de encuentro con la materia.

El acontecimiento sucede acompañado de sonido y texto, pero yo creo que sobre todo entre la mano y el barro. Juan propone un acercamiento salvaje (sin protocolos), un encuentro íntimo entre una materia fecunda, dispuesta a desencadenar la imaginación, y manos que no son de homo faber, proyectivas, sino que tantean, palpan buscando nexos y diálogos. El proceso es generativo, rico en formas y en imágenes, pero que emergen justamente por la resistencia del barro a cristalizar y establecerse en imagen. Si la piedra se convierte en escultura a base de eliminar lo informe, el barro en cambio llega a la imagen atravesando deformaciones. El barro, tierra húmeda, en contacto con las manos, es sustancia monstruosa, en devenir, pulsión emergente.

Las manos aprenden en ese encuentro. Y el cuerpo recuerda que la visión era solo una sola de vasto repertorio de vías de relación con el mundo que nuestros cuerpos extraños disponen. En piezas previas como My only memory y Tálamo, Juan había optado por la oscuridad y por un trabajo de adivinación más que de visión. La penumbra suspendía la certeza del ver claro y distinto, la distancia entre lo que se veía y los ojos, sin posibilidad de determinar distancias y agencias, sin saber dónde surge la imagen, si aquí o allí. Los ojos dudaban, la mirada titubeaba. En Dirty se da un paso más, Juan se mete de lleno y con confianza en el saber de las manos y sus posibilidades. Lo que se ofrece ya no es un theatron, un lugar para la mirada, sino una ocasión para el tacto. Conocemos no con los ojos, sino con las manos, porque, como sugiere Gaston Bachelard, “también la mano tiene sus sueños y sus hipótesis”.

Y es que la imaginación, a pesar de la etimología de su nombre, no solo se desata vía visual, sino también (o sobre todo) táctil. Definitivamente, las manos también sueñan. Así, el teatro invisible e imaginado que siempre ocurre mientras vemos algo en escena se desplaza en Dirty a otros lugares: ahora no se desencadena por las imágenes visuales ante los ojos (imaginación formal), sino por los procesos deformantes de barro entre las manos (imaginación material). Bachelard sugiere que la imaginación propia del barro es una intermediaria entre ambas, imaginación mesomorfa la llama, específica de materias blandas. Justo por su carácter informe, contrario a la estabilidad tozuda de la piedra, el barro tiene una enorme potencia.

Y el tiempo de contacto en esta pieza entre manos y barro ofrece la duración necesaria para que las palabras de Juan y las aportaciones sonoras de la pieza reverberen y se extiendan desde las manos a todo el cuerpo y a otros, a muchos otros cuerpos. Y ahí la plasticidad del barro fresco toma otras dimensiones que abarcan desde los cuerpos dados de sí, usados, abusados, gastados y maltratados, hasta los cuerpos libidinales, eróticos, excitados y húmedos, como el barro. Acompañada por el discurso de Juan, la naturaleza indefinida de la arcilla permite transitar desde el gozo y la alegría de un momento de infancia recuperada haciendo y deshaciendo figuras de plastilina a la inquietud y la ansiedad por futuros desconocidos, o presentidos y temidos. El agua también está sometida a esa metamorfosis y puede verse como el elemento que da vida y elasticidad a la tierra, o evocar un Mediterráneo en el que se ahogan migrantes, seres humanos enfrentados a vallas, muros y fronteras de agua.

La experiencia de Dirty dura en torno a una hora. Pero la imaginación desatada en ese teatro táctil y acústico puede durar mucho tiempo más porque, como sugiere Bachelard, “las formas se acaban, las materias nunca”.

Victoria Pérez Royo

JUAN DOMÍNGUEZ presenta ‘Dirty’ el 7 de novembre de 2026, al Mercat de les Flors, dins el Festival IF